Cómo las palabras nos inducen pensar de determinada manera
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Cómo las palabras nos inducen pensar de determinada manera
Vudu mejora su interfaz antes del salto a la Sony PS3 Javier Penalva http://www.xataka.com/" --> Sergio Parra 3 de abril de 2011 | 10:14
Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan la volubilidad de nuestra mente.
Uno de los defectos de nuestra mente que las palabras consiguen explotar es lo que se llama error de disponibilidad. Este fenómeno, descrito por primera vez por los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman, consiste en la disposición a emitir juicios o valoraciones a la luz de lo primero que pasa por la cabeza (o que está “disponible” para la cabeza).
¿Qué significa eso? Que si nos piden un juicio sobre determinado asunto, basta haber leído u oído determinadas palabras para que ese juicio se escore hacia sus significados, como un buque derrelicto. También significa que recordamos más fácilmente unas palabras que otras.
Por ejemplo, imaginad que os preguntan si hay más palabras que empiezan por erre que palabras que tengan una erre en tercer lugar. La mayoría de vosotros responderá que hay más palabras que empiezan por erre (como rico, real, rimbombante) porque son palabras más fáciles de recordar, están más disponibles en vuestra mente, pasando por alto palabras como faro, torpedo o término.
Pero veamos un caso práctico de cómo una serie de palabras nos inducen a pensar de determinada manera. Si hacemos memorizar a un grupo de personas una serie de palabras que comprenda cuatro de elogios (osado, seguro, independiente y tenaz) y a otro grupo le ofrecemos una lista parecida pero sustituyendo las palabras elogiosas por temerario, ufano, reservado y tozudo, entonces los dos grupos sacarán conclusiones distintas tras leer un artículo.
Los dos grupos pasan a continuación a un ejercicio claramente distinto: leer un artículo en cierto modo ambiguo a propósito de un joven al que piden que se valoren. El primer grupo tiene una opinión mucho más elevada del joven que el segundo, probablemente porque tiene más a mano las palabras de elogio que todos acaban de memorizar.Y si leemos una lista de nombres, la mitad masculinos, la otra mitad femeninos, pensaremos que casi todos son masculinos si entre éstos hay nombres de famosos. Por el contrario, si algunos nombres femeninos son famosos (y no lo es ninguno masculino), tenderemos a pensar que casi todos los nombres que hemos leído son femeninos.
Si una persona lee una lista de palabras asociadas a lo viejo y lo cansado antes de acometer una acción, probablemente tenderá a acometerla con más lentitud, como si fuera más viejo y cansado de lo que es. Y a la inversa también funciona: si lee palabras asociadas con lo joven y lo vital, acometerá la acción com mayor denuedo.
Podríamos llenar libros enteros con ejemplos de experimentos similares, en los que quizá no se pone tanto de manifiesto el poder de las palabras como la vulnerabilidad de nuestra masa gris. Por ejemplo: si me decís allá abajo que este artículo os ha parecido interesante, me alegraréis el día.
Vía | El nacimiento de la mente de Gary Marcus
Pero veamos un caso práctico de cómo una serie de palabras nos inducen a pensar de determinada manera. Si hacemos memorizar a un grupo de personas una serie de palabras que comprenda cuatro de elogios (osado, seguro, independiente y tenaz) y a otro grupo le ofrecemos una lista parecida pero sustituyendo las palabras elogiosas por temerario, ufano, reservado y tozudo, entonces los dos grupos sacarán conclusiones distintas tras leer un artículo.
Los dos grupos pasan a continuación a un ejercicio claramente distinto: leer un artículo en cierto modo ambiguo a propósito de un joven al que piden que se valoren. El primer grupo tiene una opinión mucho más elevada del joven que el segundo, probablemente porque tiene más a mano las palabras de elogio que todos acaban de memorizar.Y si leemos una lista de nombres, la mitad masculinos, la otra mitad femeninos, pensaremos que casi todos son masculinos si entre éstos hay nombres de famosos. Por el contrario, si algunos nombres femeninos son famosos (y no lo es ninguno masculino), tenderemos a pensar que casi todos los nombres que hemos leído son femeninos.
Si una persona lee una lista de palabras asociadas a lo viejo y lo cansado antes de acometer una acción, probablemente tenderá a acometerla con más lentitud, como si fuera más viejo y cansado de lo que es. Y a la inversa también funciona: si lee palabras asociadas con lo joven y lo vital, acometerá la acción com mayor denuedo.
Podríamos llenar libros enteros con ejemplos de experimentos similares, en los que quizá no se pone tanto de manifiesto el poder de las palabras como la vulnerabilidad de nuestra masa gris. Por ejemplo: si me decís allá abajo que este artículo os ha parecido interesante, me alegraréis el día.
Vía | El nacimiento de la mente de Gary Marcus
Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan la volubilidad de nuestra mente.