Europeos hipócritas
Gustavo Bueno
Cuando Gadafi, joven teniente beduino del ejército libio, se trasladó a Inglaterra en 1965 para que los colegas del mariscal Montgomery perfeccionasen su entrenamiento militar, su graciosa majestad Isabel II llevaba ya 13 años ejerciendo desde el trono la jefatura del Reino Unido y, como defensora de la fe, la suprema gobernación de la Iglesia de Inglaterra. Libia fue uno de los países más pobres del mundo hasta que la norteamericana Esso Libya descubrió, en 1958, el campo petrolífero de Zelten: seis años después exportaban un millón de barriles diarios y, ya en 1968, se inauguraba en Trípoli un Rotary Club, que cada miércoles se reunía felizmente en el Libya Palace Hotel. Pero al año siguiente los militares derrocaron al rey de opereta auspiciado por occidente y, al poco, Gadafi nacionalizó el petróleo libio.
Hoy, el sexagenario autor del Libro Verde lleva más de 40 años como adalid revolucionario y sólo cuando hace un mes se desató en Libia esa confusa insurrección jaleada sin disimulo por el agitprop mediático capitalista se insistió en la abusiva persistencia del tirano en su puesto y en sus extravagancias. Como si la octogenaria papisa inglesa no se acercase ya a los 60 años ininterrumpidos en el poder. Los aliados predican sin cesar la conveniencia de cierta renovación democrática, que además parecen encontrar en unos rebeldes que Gadafi viene identificando, una y otra vez, con el terrorismo mahometano de Al Qaeda. Hasta el otrora pacifista Zapatero parece tener prisa ahora en sumarse a las paternalistas potencias occidentales que amagan con intervenir militarmente en Libia, añorantes de pretéritos colonialismos.
Qué rápido olvidaron nuestros políticos e ideólogos que hace poco más de tres meses, en Trípoli, con ocasión de la tercera cumbre entre África y la Unión Europea, todos encontraron reconfortante que el turco Erdogan recibiese el Premio Muamar Gadafi a los Derechos Humanos, que entonces consideraban prestigioso.
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